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La derrota en el fútbol suele ir ligada con la decepción. Perder es la peor sensación posible en el mundo del deporte. Esas horas posteriores al partido, con la impotencia y la rabia en estado de ebullición, no tienen consuelo, donde lo único que quieres es aislarte, estar solo y pasar el luto en paz. Son noches donde el insomnio brota con facilidad, con ganas de llegar rápido a casa al salir del estadio, pero el camino se hace eterno. No tienes ganas ni de comer, ni de hablar, ni de mirar el resumen del encuentro. Sólo quieres desconectar.

El dolor es tan grande que nada puede curarlo. Sin embargo, cuando la decepción se convierte en rutina, ese dolor es llevadero. Molesta, incomoda, pero cuando el cuerpo se acostumbra a recibir golpes tiene mucho más aguante. Hasta que llega un momento en el que no siente nada. Consecuencias de la monotonía. No es lo mismo ver una película la primera vez que la séptima. Conoces la trama y el desenlace, y lo repetitivo al final aburre. El Barça, tras acumular debacles en Europa año tras año, se va a la Europa League. Pero lo peor no es caer en fase de grupos, sino que este desastre, otro más, ya ni duele.

París, Turín, Roma, Liverpool, Lisboa, Múnich… Ciudades emblemáticas que se han convertido en una pesadilla para el aficionado culé. Son demasiadas derrotas, demasiadas humillaciones para una entidad cómo el Barça. La Champions, la copa tan linda y deseada, cómo dijo Messi aquella vez, se ha convertido en una sala de torturas, tanto para los futbolistas como para el aficionado. La diferencia es que la plantilla va cambiando, pero el seguidor siempre es el mismo. Él está ahí siempre, en las buenas y en las malas. Es quién sufre más. Y ahora es momento de apoyar, porque en situaciones como esta es cuando aparece la verdadera fidelidad y el sentimiento por unos colores.

El dolor ya no existe para el aficionado culé. La dureza de los golpes lo han dejado inerte, sin capacidad de reacción. Esas malas noches sin dormir, sin poder pegar ojo pensando en la derrota, se asimilan con más facilidad. Ahora el camino a casa se hace corto, la rabia está más contenida y el sueño se concilia sin tener que dar vueltas en la cama. Es una sensación extraña, pero al final inevitable.

Lo único que ilusiona ahora es pensar en el futuro, dejar trabajar a Xavi y que los jóvenes puedan curtirse. Que el Barça vaya a por todo, sea la Europa League o la Liga. Y que cuando se pierda, el aficionado se cabree. Ya es hora de recuperar el orgullo.

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