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La presión mediática suele tener un gran impacto en los futbolistas jóvenes. Jugadores que asoman la cabeza con 17/18 años y que, tras realizar actuaciones brillantes, rápidamente reciben comparaciones odiosas. La etiqueta de “el nuevo Messi” ha hecho un daño tremendo. Hay muchos que se hunden en el barro y quedan enterrados para siempre. Pero hay otros, como Ousmane Dembélé, que resurgen de las cenizas para decir “Aquí estoy yo”, que quieren ahuyentar la muerte futbolística y confirmar el talento que insinuaban.

El francés aterrizó en un Barça desahuciado tras el abrupto adiós de Neymar Jr. Dembélé venía de hacer una temporada magnífica en el Borussia Dortmund y su fichaje parecía encajar como anillo al dedo. Su debut frente al Espanyol fue ilusionante, pero las lesiones empezaron a castigarle. Getafe fue el prólogo de una cadena incesante de problemas físicos. El “run-run” brotó tras ese partido. No podía ser que un futbolista por el que se habían pagado casi 150 millones estuviera de baja casi dos meses. Desde ese momento se convirtió en un blanco fácil, un cuenco donde periodistas y aficionados lanzaban las críticas en las adversidades. Cuando se pierde, siempre hay que culpabilizar a alguien. Y Dembélé, jugase o no, siempre cargaba con las piedras en la mochila.

Esa temporada 2017/18, que iba viento en popa, quedó manchada por la debacle en Roma. Dembélé, recuperado para la causa, no disputó ni un minuto en el partido de ida. En la vuelta, entró al campo cuando la Roma anotó el tercer tanto. Cuando quedaban pocos minutos, Alisson salió de la portería y le cayó el balón a Ousmane. Le pegó tal como vino y, aunque la intención era buena, el cuero se marchó alto. Fue un golpeo difícil, lejos de la portería, desde un costado y con poco ángulo. El Barça cayó eliminado y muchos responsabilizaron al francés de la humillación. No fue el planteamiento conservador de Valverde, la falta de actitud durante los 90 minutos ni la nula tensión competitiva. La culpa fue de Dembélé por fallar un gol desde más de 30 metros.

El francés no se vino abajo. Empeñado en demostrar su valía, arrancó su segundo curso de azulgrana dándole la Supercopa de España con un golazo ante el Sevilla. El demonio de las lesiones aparecía con continuidad y las críticas acechaban, pero Dembélé seguía dejando destellos ilusionantes. Hasta que llegó el Liverpool. Con 3-0 y todo el cuadro inglés volcado arriba en busca del tanto fuera de casa, el Barça salió a la contra para sentenciar definitivamente la eliminatoria. Un 3 para 2 comandado por el francés, y Piqué y Messi sumándose al ataque. Dembélé se la dio al argentino, que atrajo todas las marcas. En ese momento, Leo le devolvió el balón a Ousmane, sólo, para que pusiera la guinda al pastel. Quizás fueron los nervios, las prisas. Quizás el verse inmortal y notar la gloria en los labios. Quizás celebró el gol antes de armar el disparo. Mil cosas le pasaron por la cabeza al francés en ese preciso instante. Pero de todas las decisiones posibles, tomó la peor. Recibió el balón franco, con tiempo para controlar y pensar donde definir, pero chutó el suelo y el esférico acabó en las manos de Alisson. La línea que separa el cielo del infierno es muy fina, y Dembélé la cruzó.

Una semana después, los fantasmas de Roma aparecieron en Anfield. El Liverpool le endosó un 4-0 al Barça para romper en pedazos los sueños de un posible triplete. Nuevamente, había que buscar culpables. Ousmane se lesionó en Vigo días antes y no pudo disputar el partido. Pero qué más da, fue el responsable de la hecatombe. “Sin su error en el Camp Nou, el Barça hubiera disputado la final de Madrid y se hubiera ganado la Champions”.  Se pasaron por alto la cantidad de goles que falló el Liverpool en Barcelona. Salah mandó el balón al palo a puerta vacía, Milner remató al centro llegando solo desde atrás… O en ese mismo encuentro, donde Messi goza de varias opciones claras en la primera parte y Jordi Alba falla un mano a mano antes del descanso. Pero la culpa fue de Dembélé. En lugar de centrarse en que el Liverpool era un equipo MUY superior a ese Barça, o que la plantilla azulgrana se quedaba corta para competir en Europa, lo sencillo fue echarle la culpa de caer en Champions al francés. 

Sin embargo, las críticas no parecen afectarle. Denota una personalidad peculiar, pasota, como si viviera en su mundo y todo lo que sucede a su alrededor no fuera de su incumbencia. Tras un tercer año en el que estuvo la mayor parte del curso lesionado, parece que con Koeman ha renacido. Pocos creían en él, e incluso estuvo cerca de irse al Manchester United. Era un caso perdido, irremediable. Siempre estaba lesionado y, cuando estaba disponible, ponía de relieve una toma de decisiones errática en espacios reducidos, se movía por zonas ya ocupadas y era demasiado impetuoso en algunas situaciones ofensivas. Su efervescencia era su peor aliada. Pero parece que algo ha cambiado. Ha aprendido a esperar abierto, a controlar sus impulsos de querer tocar balón y a optimizar sus virtudes. Es más disciplinado tácticamente y esto, a nivel colectivo, es una bendición. El nuevo esquema parece sentarle bien y, jugando por banda derecha, está siendo una de las grandes revelaciones en lo que llevamos de temporada.

Dembélé nunca muere. Se le conoce como El Mosquito, pero tiene más vidas que un gato. Cuando sufre un percance que aparenta ser letal, resucita para entusiasmar a sus detractores y encandilar a los que nunca se bajaron de su barco. Parafraseando a Antonio Flores, Ousmane ya ha quemado seis vidas. Y esta última la tiene que vivir, porque puede ser la definitiva.

Adrià Regàs @arq1027

Colaborador

Fundación Eric Abidal

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1 Comentario

  1. Brady Xavier

    Muy buen artículo me hizo entrar en la historia y recordar cómo fue que es mi jugador favorito desde que piso el camp Nou gracias

    Responder

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