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El partido que completó el Barça ante el Manchester United en 2011 fue una de las mayores exhibiciones jamás vistas en una final de Champions. Por no decir la mejor. Fue la sublimación del futbol, la segunda Orejona en tres años, la perfección personificada en once futbolistas vestidos de azulgrana. Esa final fue el summum de la obra creada por Pep Guardiola.

Ferguson quería venganza, redimirse de la derrota en 2009. En esta ocasión su equipo jugaba en casa, en Inglaterra, por lo que esta vez Sir Alex contaba con un hándicap a favor para alzarse con un trofeo que solo había levantado 2 veces en 23 años. Guardiola le privó de su tercera Copa de Europa dos años antes, y no quería que sucediese de nuevo. Ferguson sabía que podía ser su última oportunidad de volver a besar la gloria.

 Pero vencer al de Santpedor no iba a ser pan comido. Para ganar a aquel Barça había que realizar un partido prácticamente perfecto. Y Guardiola no iba a ponerlo nada fácil. Había que ganar por Abidal, que veía premiada la rápida recuperación de su enfermedad ocupando el lateral izquierdo de inicio. Además, el partido era en Wembley, el mismo escenario donde 19 años antes el Barcelona consiguió la Primera. Ahora, quería la Cuarta.

La final de 2011 presenta multitud de símiles respecto al partido disputado en Roma en 2009: mismos equipos, mismos entrenadores… y mismo inicio. El United imprimió una presión asfixiante durante los primeros diez minutos encabezada por Ji Sung Park, que corría como si le fuera la vida en ello, impidiendo al Barça tener la posesión y trenzar jugadas con continuidad.

Pero los pupilos de Guardiola fueron creciendo, el equipo empezó a carburar y el cuadro de Ferguson iba perdiendo la compostura. El balón flotaba por el césped de Wembley a una velocidad abrumadora, frenando con solvencia el empeño de los ingleses de hacerse con la pelota. Perseguían sombras. El esférico circulaba entre triángulos y cuadrados de todo tipo, correteaba en paredes de la mano de Xavi, Iniesta, Busquets, Messi o Alves, que desnudaban el centro del campo rival con suma facilidad. El ‘6’ se sentía como en casa, jugaba un partido que tenía cartografiado en la cabeza, bailaba al ritmo que él mismo imponía.

Con el balón en los pies, siempre encontraba el “timing” perfecto para dar un pase que llegara en el momento exacto. Radiografiando el campo, como de costumbre, percibió el movimiento de Pedro, y filtró el balón en el instante perfecto para que el canario recibiera con ventaja. El ‘17’ controló con el espacio y tiempo mínimo para pensar cómo batir a van der Sar y evitar que Vidic interfiriera el disparo. El meta se venció a la izquierda, Pedro definió a la derecha y el central no llegó a tiempo. Pedro seguía haciendo historia.

Pero el United no iba a tirar la toalla, Rooney no iba a rendirse tan fácilmente. El inglés tiró una rápida pared con Carrick para deshacerse de Busquets y combinó con Giggs, que le devolvió el balón y envió el cuero al fondo de las mallas. Rooney anotó un gol que el VAR hubiera anulado, ya que Giggs estaba ligeramente adelantado antes de devolverle el balón a su compañero. Pero el videoarbitraje aún no existía, por lo que el partido llegó al descanso con tablas en el marcador.

Messi acabó con el United. Le aplicó un sedante que terminó siendo letal. Recibió el balón de Iniesta en la frontal y, sin pensarlo, le pegó con el alma. Fue un chut potente, seco, pero sin mucha colocación. Fue centrado, pero van der Sar reaccionó tarde. El gol desató la rabia del argentino, que celebró con efusividad un tanto que acercaba de nuevo al Barça a la gloria.

El United desapareció, se apagó. Como si fuera una vela y alguien hubiera soplado. Se multiplicaban las combinaciones y las paredes, y el conjunto “red devil” solo podía contemplar, asimilar la superioridad apabullante del rival. Valdés vivió la final más tranquila de su vida.

Villa puso la guinda al pastel. Ferguson dio entrada a Nani para ganar dinamismo, pero el portugués fue más un problema que una solución. Nada más pisar el césped, fue objeto de quiebro por parte de Messi, y segundos después perdió un balón que fue a parar a los pies del ‘7’. El asturiano pisó el balón en la frontal y lo colocó en la escuadra. Al contrario que Messi, este fue un chut sin potencia, pero más ajustado, con rosca. Los dos tuvieron el mismo resultado.

El colofón lo puso Abidal, levantando la Champions al cielo de Londres. Ahora, el francés lleva dos años en la dirección deportiva intentando repetir sin éxito ese momento. Wembley fue testigo de una exhibición única, de fútbol total. Qué tiempos.

Adrià Regàs @arq1027

Colaborador

Fundación Eric Abidal

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