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Un deporte que viene de lejos, ancestros que no se dejaron robar la ilusión de jugar, de correr, de ilusionarse, gambetas, fuerza, habilidad. Y todo era así de sencillo: con el final del ¿“partido”? venían los comentarios, los análisis, recordar cada jugada y las controversias.

Muy lejos de las grande urbes, el arribo de ese deporte con tanto palabrerío inglés, fue tomando forma, haciéndose localista: inmensas barriadas humildes, pobres de toda pobreza, comenzaron a desandar ese camino de inocencia y furias compartidas. No todos accedían a tener ese balón “número 5” (así se lo conocía): ¿de allí en más?,  el conjunto de elementos “pateables: pelotas de trapo – hechas con medias rellenas de cuanto se cruzara -, otras de goma…todo era buen pretexto, para juntarse y jugar al fútbol. (o a la pelota).

Para todos esos purretes, era lo mejor que les podía suceder: salir corriendo del colegio, juntarse en una calle, potreros, plazas, armar dos arcos – delimitados por guardapolvos, pullovers…o lo que sea: con lluvia, sol, barro: hasta que la noche caía vertiginosa sobre ese “estadio” de ilusiones compartidas. Eso sí: las madres eran todo un problema, la vuelta al hogar: ropa hecha girones, guardapolvos color barro…y la vida transcurría en aquellos tiempos que no se olvidan.

Así nacieron genios del deporte en Argentina: Maradona, quien siempre recuerda que mas de una vez jugaba descalzo: no había dinero para zapatillas, menos botines de fútbol, Messi y tantos otros: nacieron y se alimentaron de esa fuente permanente que es este país sudamericano. Y fueron escalando en distintos clubes locales, selecciones…y el gran salto a ligas europeas. Si bien era la pasión en primera persona: ¿después?, La esperanza de poder cambiarle la vida a sus familias.

Pero claro, palabras como globalización, marketing, representantes, empresarios: comenzaron a socavar al deporte popular por excelencia: todo fue cambiando (¿para bien?) los sponsors y grandes cadenas televisivas, definen horarios, secuencias: y si tienen que jugar partidos con 40°, allá van los jugadores: super contratos, el gran trono solo para pocos: la mayoría? Principalmente en países sudamericanos, africanos: solo para sobrevivir. Y la debacle sigue adelante: la super profesionalización de los deportes: llegó al balompié: estadios verdaderos coliseos culturales, las camisetas son fuente de millones y millones de euros, a través de marcas multinacionales publicitan sin cesar, principalmente en Inglaterra y Europa: se transformó en un espectáculo digno del mejor de los teatros cultura mediante.

Y el avance tecnológico promete asestar la puñalada final a aquel deporte que supimos disfrutar: pleno de picardía, inteligencia…estos pasos actuales, prometen capítulos futuros, dignos de ciencia ficción: el VAR: ese engendro de personas y tecnologías imposible de deglutir. ¿Ya ni los actores (futbolistas) pueden gritar un gol, en minutos largos y tortuosos como un diluvio? Se anula jugada…y el gol. Pareciera que se definieron las autoridades FIFA  y aledaños: vamos por cuanto quedaba de aquel deporte que supiera dar ídolos como Maradona, Pelé, Messi, Distéfano y tantos mas.

Pero claro: si analizamos el entorno actual, de una sociedad consumista al ritmo del capitalismo dominante: vemos que juegos como Play Station, van “perfeccionandose” de manera incesante, y seguramente cuanto está en las puertas del asombro son: “partidos  de robots”(ya, algunas cosas se ven): en un futuro seguramente esos toscos robots de hoy: serán “físicamente” similares a distintos ídolos de la historia deportiva. ¿Eso es cuanto nos guardan los tiempos por venir?

Todo ese halo de super potencias deportivas (distintos clubes de países centrales), nos alejan de todo cuanto nos diera esa veta de fútbol a cara lavada: ¿los jugadores?, alejados de las sociedades, encerrados en cajas de cristal: se fueron convirtiendo en mega empresarios en múltiples actividades…o sea: entramos en un tirabuzón que indefectiblemente producirá la autodestrucción de la esencia primera, aquella de la pasión, del amor a una divisa.

El fútbol: que los tiempos devoraron.

Néstor Nanni

Colaborador

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