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Nadie dijo que triunfar en el Barça iba a ser fácil. Menos aún después de grabar un documental que dejaba en ridículo a tu futuro equipo. Antoine Griezmann vive en una dicotomía desde que aterrizó en Barcelona, tanto dentro como fuera del campo. Cuando está al borde del abismo, resurge para seguir luchando. Y en los momentos que ofrece un buen rendimiento, los fantasmas lo atormentan. Además, su futuro siempre ha estado en el aire. En apenas dos semanas ha pasado de ser parte de un trueque con Saúl a convertirse en uno de los baluartes del curso que viene. 

Tras una primera temporada complicada, Antoine afrontaba su segunda campaña con ilusión. Casual o causalmente, se juntaron una serie de factores que se convirtieron en un peaje a pagar por aquel famoso documental: cambio en el banquillo, pandemia, difícil encaje con Messi y Suárez, paliza en Champions…. Fue uno de los peores años de su carrera. Pero el primer curso siempre es complicado, y quizás una segunda oportunidad podía valer para justificar los 120M de cláusula abonados un año atrás. 

El francés empezó la temporada 2020/21 jugando por derecha en un 4-2-3-1. En un principio parecía un rol que podía favorecerle, puesto que podía abandonar la banda para meterse por dentro, recibir entre líneas y armar el disparo desde una posición más favorable. Sin embargo, Antoine repitió los mismos patrones del curso anterior: rostro hierático, apático, falto de confianza y errático de cara a puerta. Con el cambio al 4-3-3, Antoine cambió a la banda izquierda, el equipo empezó a funcionar a nivel colectivo y el ex del Atlético se vio beneficiado. En Granada culminó su gran estado de forma en la agónica remontada en Copa del Rey, marcando dos goles y participando en los demás tantos. Griezmann por fín encajaba, sus virtudes relucían y el equipo crecía al ritmo del francés. Pero la Champions lo catapultó todo. Un año más, una derrota abultada más. 

Curiosamente, el 1-4 ante el PSG sirvió para descubrir el sistema con el que el Barça desplegaría su mejor fútbol: 3-4-2-1. Griezmann, con Messi en una doble mediapunta por detrás de Dembélé, tenía el contexto idóneo para brillar. Alejado de la banda, flotando por detrás de los pivotes rivales, filtrando pases y rematando en zonas favorables, Antoine era feliz. Se entendía con Leo. Se complementaban y se retroalimentaban. El equipo se gustaba y los resultados llegaban. La Liga, una quimera en diciembre, estaba más cerca que nunca. Pero llegó el Granada y, de nuevo, se esfumaron los sueños de un equipo revitalizado. Lo que debía terminar en un doblete inimaginable tras el 2-8 fructificó en un final de temporada agridulce, con tintes de amargor. 

Hace unos meses escribí un artículo sobre Griezmann donde lo comparaba con una pieza del Tetris, ya que solo encajaba de una forma determinada. Si la temporada pasada ya era complicado encontrar la forma de darle cabida, las llegadas de Memphis, Agüero y el buen nivel de Demir han aumentando la dificultad del juego. El overbooking en la delantera no ayuda a facilitarle la vida al francés. Además, su alto salario y la necesidad del club de aligerar fichas lo ponían en el mercado. Ahora parece que la situación ha cambiado, pero no creo que favorezca a Griezmann. Si no se siente importante, no tiene continuidad y tiene un rol que no se corresponde con sus atributos, todas las partes pierden. Griezmann y el Barça.

Habrá que ver si sigue o no, pero con Messi y Depay no veo la manera de potenciar a Griezmann. Los tres son jugadores que les gusta ser protagonistas, venir a recibir y pedir el balón al pie. Juntar a los tres tenores asegura una mayor calidad en la circulación, pero pierdes verticalidad, desequilibrio, amplitud y ruptura al espacio. Y en Champions se paga caro. 

La dicotomía persiste, pero todo está en manos del francés. Él debe decidir si seguir en ella o buscar un nuevo destino donde asentar su mejor versión.

Adrià Regàs @arq1027

Colaborador

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