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El verano de 2017 fue uno de los más agitados que se recuerdan en Can Barça. El Real Madrid acababa de ganar su segunda Champions de forma consecutiva y de alzarse con el título de Liga en la última jornada; Luis Enrique abandonaba el banquillo azulgrana tras tres temporadas después de una temporada complicada que, aunque dejó momentos para la posteridad con la remontada al PSG o el gol de Messi en el Bernabéu, ya dejaba entrever los problemas del equipo en Champions; Neymar hacia las maletas rumbo a la Ciudad del amor en busca de nuevos retos, y Ernesto Valverde era el escogido para llevar el timón del barco culé.

La marcha de Neymar Jr fue un golpe tremendo. Aunque dejó 222 millones en las arcas del club, tenía un gran peso en el equipo e iba a ser muy difícil compensar su ausencia. Sonaron algunos nombres para reforzar la plantilla, pero el día siguiente a la derrota en la ida de la Supercopa de España frente al Real Madrid, el FC Barcelona anunció la llegada de Paulinho Bezerra. No recuerdo un fichaje que generara tal animadversión entre la masa social azulgrana. Sin embargo, había motivos de sobra para cuestionar su traspaso: 29 años, se pagaron 40 millones de euros, llevaba varios años jugando en la Superliga China y fue nombrado el peor jugador de la historia del Tottenham. Su aterrizaje en Barcelona no generaba ningún tipo de ilusión.

Paulinho parecía condenado al fracaso. Tenia que lidiar con un alto nivel de presión para que no obstaculizara su adaptación a una de las ligas más potentes del planeta. No en vano, su fichaje podía llegar a ser interesante, ya que era un perfil que no había en la plantilla y que podía aportar ciertas cosas al Barça. No es un futbolista que destaque por su técnica con el balón en los pies, ni por mejorar la circulación del cuero con sus toques, ni por su habilidad en la asociación, ni por filtrar buenos pases, sino que su punto fuerte radica en la llegada, el trabajo físico y el movimiento constante, por lo que podía venir bien para desatascar partidos complicados.

Contra todo pronóstico, Paulinho llegó y besó el santo. El Barça empataba ante el Getafe y Valverde dio entrada al brasileño para agitar el encuentro y buscar la victoria. Haciendo gala de sus grandes virtudes, la llegada y el poderío físico, recibió un pase de Messi, chocó con Djené, se llevó el cuero y se sacó un latigazo cruzado para poner el 1-2. 

Paulinho empezó a rendir a un nivel sobresaliente. Partiendo habitualmente como punta del rombo en un 4-4-2, el jugador carioca acabó siendo uno de los máximos goleadores del conjunto culé. Sus constantes llegadas desde segunda línea, la presión que aplicaba para recuperar el cuero y sus movimientos para compensar las internadas de Messi hacia el centro fueron esenciales para sacar partidos adelantes y que el Barcelona ganara La Liga 2017-18.

Con el paso de los partidos y, sobre todo con el fichaje de Coutinho, Paulinho fue perdiendo protagonismo en las alineaciones de Valverde. En el 3-0 ante la Roma no disputó ni un solo minuto. Finalmente, en verano acabó regresando al Guangzhou Evergrande por la misma cantidad que el Barça desembolsó doce meses antes. Un movimiento cuanto menos extraño, pero que, viendo la edad del jugador y el bajón de nivel que padeció durante el transcurso de la temporada, podía ser entendible.

Paulinho cumplió con creces. Unos buenos partidos le valieron para convertir el rechazo en admiración. Pocos jugadores pueden fardar de ello. Su golazo en el Coliseum nada más llegar quedará para siempre grabado en la retina del aficionado azulgrana. No daba ningún título, pero ese tanto fue celebrado como tal. Al final, se fue de la misma manera que llegó: por sorpresa. Pero Paulinho siempre quedará en el recuerdo.

 

Adrià Regàs @arq1027

Colaborador

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