La vida nos sorprende siempre, en mayor o menor medida, pero siempre; cuando creemos que estamos asentados en una situación estable o cómoda…¡¡Zás¡¡, un giro de los acontecimientos nos devuelve a la terca realidad, esa realidad donde nada está garantizado a pesar de nuestras lógicas suposiciones. Un ejemplo más de esta casuística, de esta “teoría del caos” la estamos viviendo en Can Barça.

Hace unos meses los roles de varios jugadores del Barça estaban rotundamente claros: Messi era el genio que podía solucionar cualquier situación frotando la lámpara, Suárez el goleador fiable, Busquets el ancla táctica, Rakitic el talento mezclado con sacrificio y Piqué el jefe espiritual del vestuario. Coutinho había mostrado en la segunda parte de la temporada pasada que podía aportar mucho confirmando los motivos de su carísimo traspaso: un disparo lejano, buena conducción en carrera y capacidad para combinarse con Suárez y Messi en espacios reducidos.

Por el contrario, Dembélé seguía en un estado de hibernación para la causa, tras un período dilatado de parón forzado por su lesión, no terminaba de lucir: solía elegir mal cuando debía pasar y cuando debía regatear; cuando debía combinar y cuando jugársela en solitario. Se notaba que sus compañeros no le tenían fe y la grada empezaba a emitir ese “runrún” tan característico previo a marcarlo con una cruz. Se empezó incluso a rumorear en la prensa barcelonista con traspasar a Dembélé, el fin de su aventura azulgrana parecía próximo.

Pero el fútbol es una montaña rusa donde ahora puedes estar arriba y dos semanas después puedes estar en el hoyo más profundo sin tiempo para explicarte qué demonios ha pasado. Con la explosión de Dembélé y el ostracismo de Coutinho los papeles se han intercambiado: ahora el jaleado por la grada es el francés alérgico a los despertadores y el discutido es el triste brasileño. Ahora es la cara del carioca la cara de la frustración personal y profesional y, por el contrario, al joven galo se le nota disfrutando y atreviéndose con una nueva pirueta en cada partido para disfrute de la grada culé.

Y mientras ésta situación parece presionar más y más al brasileño, surgen diferentes recetas para revertir la situación: cambiarlo de banda, resituarlo en el centro del campo con calzador, regalarle una temporada de descanso en el banquillo o incluso en la grada. Yo, muy básico como siempre, me pregunto: ¿Ha pensado el máximo responsable táctico del equipo sentarse con el chico y tener una conversación clara y profunda?, ¿no ayudaría más intentar entender el lado humano del fichaje más caro de la historia del Barcelona en vez de pensar que al jugador se le ha olvidado jugar a fútbol? O incluso voy más lejos: ¿y si el problema no es de Coutinho sino de quien no tiene el talento táctico necesario para extraerle el talento que, innegablemente, posee?

¿Y si el quid de la cuestión radica en quién debe extraer el máximo rendimiento (individual y colectivo) de los profesionales a su cargo y no lo consigue a pesar de contar con piezas de contrastada valía?, ¿porqué, a pesar de tener la mejor plantilla del fútbol español y una de las mejores a nivel mundial, dependemos de la genialidad de Messi para solucionar las situaciones complicadas? Creo que Messi debería ser la guinda del pastel, la pieza diferencial entre un buen equipo y un equipo campeón…y no el salvavidas permanente al que aferrarse ante la ausencia de timonel.

Ramiro Ruibal

Colaborador

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