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Hay trenes que solo pasan una vez en la vida. Eso debió pensar Philippe Coutinho cuando recibió la oferta del FC Barcelona. Consciente de las dificultades que entrañaba la obtención de un billete para vivir este viaje de ensueño, ya que sólo estaba al alcance de unos privilegiados, Coutinho no dudó en adquirir el ticket cuando tuvo la oportunidad. Costó, pero finalmente pudo conseguir el pase. El tren asomaba por la estación de Liverpool y Philippe pudo llegar a tiempo para coger sitio, dejar las maletas y acomodarse para un trayecto que iba a ser largo. 

Philippe era el líder de un Liverpool en construcción. Un equipo que ya insinuaba su potencial pero que todavía estaba lejos de poder mirar a los ojos a los grandes equipos europeos. Ser la referencia de un equipo que estaba poniendo sus cimientos, tener a Jurgen Klopp al mando y la llegada de un Salah que terminó de engrasar la máquina red no fueron motivación suficientes para seguir en el equipo. Jugar al lado de Messi era el aliciente perfecto para dar el salto definitivo y convertirse en uno de los mejores jugadores del mundo. 

Lo que no sabía Coutinho es que acababa de subir en un ferrocarril deteriorado, lleno de desperfectos que complicaban cualquier atisbo de éxito. Un tren a punto de descarrilar. El viaje sería tenebroso, con miles de baches, tramos oscuros y muy pocas luces. Las vistas eran malas. A lo lejos, Philippe podía observar los desastres de Roma y Anfield. Además, los pasajeros no ayudaban a darle acomodo, el conductor no era capaz de proporcionarle el viaje que esperaba y el propio Coutinho tampoco ponía de su parte para remediarlo. 

Philippe fue pasando paradas y en ninguna encontró su mejor nivel, la versión por que la que se pagaron 160M. El tren que debía cambiarle la carrera se convirtió en un tormento que lo abrumaba con fuerza. Poco a poco el brasileño se fue apagando, al ritmo que el ferrocarril culé iba perdiendo vagones por el camino. Lo mejor era buscar una salida, un nuevo destino dónde reencontrarse tanto anímica como deportivamente. Múnich tenía un transatlántico de lujo, potente y de alta gama, y la llegada de Flick no hizo sino pulir y perfeccionar una máquina difícilmente mejorable. Coutinho participó en el descarrilamiento de la locomotora azulgrana en una noche de agosto en Lisboa. Una metáfora perfecta que cerraba el círculo de una operación nefasta. El fichaje más caro de la historia del club metiéndote dos goles en uno de los partidos más humillantes de tu historia. 

Lo que no debía saber Coutinho es que, tras cavar la tumba de su anterior equipo y ganar la Champions con el todopoderoso rodillo bávaro, debía volver a Barcelona a reconstruir un vehículo potente, pero con piezas nuevas y una estructura rejuvenecida. El tren que sólo pasaba una vez en la vida volvió a aparecer, pero en condiciones muy distintas. El viaje empezó bien, parecía que Philippe sería importante en el nuevo Barça pero, esta vez, las lesiones lo dejaron en fuera de juego. Meses y meses alejado de los terrenos y, lo peor, lo más triste de todo, es que nadie notó su ausencia. La más absoluta indiferencia. El jugador que debía ocupar el vacío de Neymar Jr no tapó su agujero, sino que se cayó en él. 

Ahora, la marcha de Messi le abre las puertas de nuevo. Quizás esta oportunidad es la buena. O tal vez vuelva a defraudar. Pero ahora se reúnen las condiciones para brillar. Puede volver a sentirse importante, coger galones, asumir protagonismo. El tren del Barça, cuya disponibilidad estaba restringida a unos pocos hasta hace no mucho, ahora pasa varías veces al día. Conseguir el billete es más sencillo, pero no puede estar comprando ticket año tras año. Coutinho sabe que este es su último tren. Y no lo puede perder. 

Adrià Regàs @arq1027

Colaborador

Fundación Eric Abidal

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